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CHIZPA DE GALAXIA: Antologia a Diana Shor

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Dedicatoria 

Definitivamente es redundar en palabras el decir que dedico esta recopilación en primer orden a la persona que me trajo al mundo y me enseñó los primeros pasos en el andar, en todo el sentido de la palabra.

Es difícil también dedicar esta obra a una sola persona o entidad, ya que la figura materna representa muchas facetas o aspectos del ser humano; y por ende quiero resaltar mi intención de consagrar esta antología a todas las personas que por una u otra forma no se han podido desarrollar en los campos que les hubiese gustado ejercer en vida y de esa manera desplegar su arte.

Arte que no solo implica las manualidades o actividades plásticas, sino en toda obra o acto donde se desarrolle su habilidad de creación. Todos venimos a este mundo con un fin propuesto bajo la manga, y muchas veces por circunstancias de la vida no logramos abrir ese memorándum que traemos por cosas y responsabilidades que la sociedad nos impone como prioritarias para un mejor desenvolvimiento de ésta, y cuando logramos superar esas «prioridades» muchas veces estamos ya en el colofón de nuestra existencia y con pocas energías para hacer fluir y mostrar al mundo nuestro verdadero Yo. Es por eso que considero que las antologías son de gran importancia, pues así hacemos que las obras plasmadas de los que nos precedieron perduren en el tiempo y espacio para las nuevas generaciones y de esa manera los animamos a realizarse como personas, convirtiéndose de ciudadanos sociales comunes en individuos con mentalidad propia. 

Jerry Gómez Shor Jr.

 

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Letrillas II

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    Confesiones II

En una noche de neblina y frío
Mi temple se puso en un tal brío
Que sin saber lo que yo pretendía
Me hiciste decir cosas que nunca imaginaria
No me arrepiento, el habértelo dicho
Porque del corazón salió el pensamiento susodicho,
Tu fuiste la culpable de que las palabras del corazón
Se escaparan, rompiendo la promesa de ser un solterón
Que va y viene por el mundo con libertad y sin eslabones
Rompiendo corazones, en todos los vacilones.

Y que, sin querer hacer daño a nadie
A veces se cometen actos de barbarie
Pero, como en la vida de un hombre se presentan cambios
En esta oportunidad me hiciste decir a flor de labios,
Lo que siempre había considerado algo muerto
El compartir mi vida con alguien, juntos en un huerto.

Al matrimonio, siempre lo vi como un suicidio
Porque, pense que las parejas viven como en un presidio,
Pero contigo, es como si fuera el jardín del Edén,
Donde corremos juntos en libertad en medio del vaivén.

Yo, mayor que tu me has hecho rejuvenecer
Y tu, Te empiezas a comportar con mas placer,
Mirando la vida con la amplitud de toda una mujer
Que es el deseo de quien te extraña desde el amanecer.

Jerry G.Shor 1998

P1030778
Photo taking at Seal beach (ca) by jerry Gomez shor

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Letrillas I

 

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CONFESIONES I

Eres una flor bendita para mí

Y yo soy tu príncipe para ti

Sin embargo, no te puedo comprender

Tus actitudes; cuando vas a aprender,

Soy franco, sincero y no tengo temores

Para que el mundo sepa de nuestros amores,

Tu me replicas y me das una negación

Cuando pienso en ti con mas devoción,

No me importa si otros saben de mi querer,

Porque, eres la única a quien recuerdo en el ayer

Los mejores momentos de este año querer

Que me ha sucedido sin pensar en hacer

Pueda ser que yo cometa varios errores

Por este orgullo que me hace crecer honores

Y tu con esos grandes aires de extrovertida

Adquieres amigos que te ven muy divertida,

Los dos somos muy celosos

Comportandonos como un par de mocosos,

Pero, lo mas importante en todo

Es que nos importa un codo,

Lo que piense la gente

De nuestra actitud ambivalente.

Tiremos nuestros celos a los tachos

Y vivamos como unos muchachos

Regalándonos amor, alegría y comprensión

Haciendo florecer así nuestra pasión

Hasta los limites del infinito

Donde, solo Dios puso el aliento bendito.

Jerry Gomez Shor, 1998

P1030751
Photo taking at Seal beach (ca) by jerry Gomez shor

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Chispa de Galaxia (Antología a Diana Shor)


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Antología a Diana Shor
copyright @ Jerry Gomez Shor, Jr. 2013
Edicion por Contacto Latino Libros
Graficos Diana Shor Acevedo

 

      Hablar de mi madre, Diana Shor Acevedo, es hablar del amor al arte en su más pura expresión, pues fue una artista innata desde muy pequeña, influenciada quizá por el ansia de saber de su abuela, que por aquellos años (finales de 1800) no tuvo la oportunidad de educarse en una escuela debido a la creencia de la época de sus padres: «¿Para qué ir y perder tiempo en la escuela, si de grande vas a tener hijos?», le decían.

La abuela, triste por haber vivido en una época en el que los tentáculos de un «oscurantismo medieval» todavía la alcanzaban, veía con mucha pena a otros chicos de su misma edad estudiar mientras ella no podía hacer lo mismo. Sin embargo, esa limitación no fue un impedimento; sus ansias por aprender no se aminoraron, por el contrario, a temprana edad y robándose los escritos de amistades, ella aprendió a leer por sí misma con ayuda de la Biblia y el abecedario; igualmente aprendió las operaciones matemáticas básicas prestándose los cuadernos de sus amigos que iban a clases.

Ese creciente entusiasmo por el aprendizaje y su mente abierta hicieron posible que más adelante, cuando fuera madre, inculcara a sus hijos y nietos (entre ellos Diana Shor) el gusto por la lectura; pues jamás faltó en casa revistas de la National Geographic, Selecciones, y sobre todo novelas clásicas universales. También fue una atenta observadora de la naturaleza y los cambios climáticos, y cultivó el amor y respeto por todo ser viviente. Aquí una anécdota de mi abuela con mi madre:

Un día se metieron a la casa dos ratones, y sabiendo que estos animales orinan por doquier y se comen todo lo que encuentran con el riesgo de trasmisión de alguna enfermedad, la abuela decidió ponerles trampa para cazarlos. Les tomó casi dos días que estos animalitos entraran a la jaula. Mi abuela decidió dejarlos libres, pero lejos, para darle una lección de compasión y respeto por la vida a su nieta. Salieron con la jaula en mano a un largo paseo en tranvía, dirigiéndose al Campo de Marte (gran parque situado en las afueras del centro limeño), que en aquella época era un inmenso bosque con laguna, para soltar a los roedores en aquella jungla, mientras le decía a mi mamá: «Debemos respetar la vida, pues todos los seres son criaturas del Hacedor». Ese paseo jamás se le borró de la mente a mi madre, y fue una de las mejores lecciones de vida que tuvo en su niñez.

Ese amor por la vida, por el Saber, y por el arte en sus diversas manifestaciones crecieron en ella mirando siempre al mundo amplio y libre, pero encerrándose a su vez en la solitaria condición del artista.

Años más tarde, ya joven y después de haber culminado la secundaria en un colegio particular bilingüe en el Callao (Perú), en medio de tranvías acoplados atravesando campos de trigo que bailaban al ritmo del viento como coquetas petunias y establos de vacas que orgullosas se erguían para curiosear qué era ese ruido que sonaba a fierros restregándose unos a otros, y el sonido del riachuelo que pasaba a la vera del camino decorando todo el paisaje rural de ese tiempo, se le presentó la oportunidad de emigrar a Estados Unidos, a inicios de los años 1960. Con muchos sueños y aspiraciones se embarcó hacia su nueva residencia: la ciudad de San Francisco, donde al cabo de un corto tiempo conoció a quien sería su futuro esposo (Jerry Gómez Kruger); y juntos vivirían una nueva odisea desatada por los cambios sociales y económicos de la época. El movimiento hippie estaba en su apogeo, el rock n’roll, Elvis y The Beatles le daban ese ritmo de la nueva ola, siendo Woodstock la fresa que decoró la torta del gran cambio que se avecinaba. Y la canción Imagine de John Lennon expresaba a perfección ese sentir por un mundo mejor para todos.

Jamás recuerdo haberla visto sin un libro. Siempre leía sobre temas diversos, desde novelas policíacas de Agatha Christie hasta libros filosóficos-teológicos del Dr. De la Ferriere, pasando por Somerset Maughan y M. Blavatsky. Diana Shor creía fervorosamente en una inteligencia infinita y una ley universal que lo rige todo. Judía de sangre por designios del tiempo y consecuencias de la segunda guerra mundial en la que muchos emigraron de Europa y Rumania hacia América del Sur, huyendo de las hordas salvajes nazis y su invasión de Europa, que conllevó a la quiebra total de la Alemania de entonces, nunca profesó la religión por circunstancias adversas de familia, aunque, seguro estoy, le hubiese gustado al menos participar de la tradición hebraica.

Amante de esa Lima, otrora Ciudad de los Reyes, donde la elegancia y la aristocracia se hacían sentir en sus calles, ella solía remembrarla, así:

Amanecí sobre este suelo
Un día de marzo a pleno sol,
Poco antes del almuerzo,
Creciendo entre coloniales balcones.
Estudié a poca distancia
De una avenida Abancay
Bien limpia, y mis primeras ilusiones
Se arrullaron con el delicioso
Vaivén de los tranvías acoplados.
Cría de un tordo lejano, y
Una avecilla doméstica.
Vivo siempre mirando hacia el mar, y
Encerrándome
Entre nubes violetas….

Dhyana Shor (que así se hacía llamar), como toda artista, era soñadora. Y como idealista que fue estuvo muy involucrada con instituciones internacionales abocadas a la reeducación del ser humano según la creencia de una nueva edad de luz en base al conocimiento: «Es obvio insistir sobre la decadencia del arte y la necesidad de retornar a su verdadero camino. La pérdida de la intelectualidad priva al ser humano de las relaciones con lo universal» (El arte en la nueva era del Dr. Serge Raynaud de la Ferriere).

Dhyana no solo se esforzaba en darle un sentido más humano al arte, sino en ayudar a desarrollar seres más justos, convencida de que una educación temprana basada en el amor al arte es darle a la humanidad un mejor germen para forjar futuras generaciones:

«Solo el arte realizado con el pragmatismo del artista en sus diversas manifestaciones será el vehículo que salvará el mundo» (Dhyana Shor).

Tomando, claro está, el sentido del arte como toda manifestación o acto que muestre el sentir o gusto de un determinado grupo social sin intereses mercantilistas. El Arte está en todo, desde un simple dibujo a lápiz hasta una obra maestra como La Gioconda de Leonardo Da Vinci, desde el armado de un rompecabezas hasta la construcción y puesta en órbita de un satélite, desde un simple chequeo de salud por el doctor hasta una compleja operación al cerebro, desde escribir el nombre de uno mismo hasta componer las obras clásicas más representativas. Pero, la utilización de ese arte con fines mercantilistas, sin importar en absoluto el valor real que se gaste en ella, es rebajarla a la mínima expresión y denigrarla. Muy común hoy en día con profesionales de diversas ramas. No obstante ello, su arte por modesto que este sea es para el artista su tesoro más valioso.

En la década de los ochenta del siglo pasado sucedieron acontecimientos que marcaron mucho el temperamento de la artista plástica Diana, uno de ellos fue la ruptura conyugal que la llevó a hacerse cargo de dos de sus hijos menores en plena crisis económica y la falta de empleo seguro, lo cual la encaminó a desarrollar el arte del dibujo y pintura a su máxima expresión, creando muchos de sus trabajos en plenas calles de Lima para ofrecérselos a precios bajos a transeúntes. La gran mayoría de sus obras se encuentran desparramadas a través de miles de personas anónimas a las cuales les hizo retratos a carboncillo y pinturas al óleo, como también algunos murales que hizo para la ciudad en las columnas de lo que sería luego parte de las estructuras del tren eléctrico que recorre una sección de la capital.

Para suerte de la familia, Diana guardó algunas obras para colección privada, las cuales apreciará en estas páginas. Dhyana Shor (así firmaba sus obras pictóricas), al convertirse en padre-madre de sus dos hijos menores y creyente siempre de mantener ese espíritu de la niñez dentro de uno; ya que es la única forma de mantenerse sano de espíritu en medio de esta vorágine de la sociedad, estimuló siempre en sus hijos el espíritu libre en base al conocimiento y fuera de todo dogma religioso y/o político, ya que, según ella, eran esos dos factores que hacen que la sociedad se pierda en caminos confusos y sin rumbo definido y convierte a los individuos en masa que es más fácilmente manejada por líderes inescrupulosos. Y para cultivarles ese espíritu siempre de la aventura y descubrimiento personal, en las noches les narraba cuentos fantásticos con profundos mensajes subliminales y de paso también hacia que ella volará su imaginación hacia un mundo mejor.

El “Niño Volador” era uno de esos cuentos. En él se narraba la aventura de un personaje que desde su cuarto se lanzaba hacia un mundo mejor atravesando el espejo mágico, y una vez dentro se encontraba volando en un sociedad paralela donde la moral y ética eran los mayores dones y normas que regían a la población que veía allá abajo.

Cada noche se reunía con sus hijos menores y les narraba un nuevo episodio, brindándoles a través de la palabra nuevas formas de vivir en armonía consigo mismos.

Así debemos ser todos, tener presente siempre a ese niño volador en búsqueda de un mundo mejor. Justamente aquellos que han mantenido ese niño dentro son los que han hecho algo por su vida y sobresalido.

Con Gratitud,

Jerry Gomez Shor

Antología a Diana Shor
Copyright @ Jerry Gomez Shor, Jr., 2013
Edicion Contacto Latino Books
Graficos Originales de Diana Shor Acevedo